Haciendo un ensayo para la uni sobre las pautas de género me cayó una cubeta de agua fría. Hoy les quiero platicar de cómo es crecer en una familia llena de mujeres fuertes y supuestamente modernas, pero donde las contradicciones de género te terminan atrapando igual.
En mi casa siempre se nos enseñó a estudiar, a trabajar y a prepararnos para no tener que depender jamás de ningún hombre. Aunque, decir que no se depende de ningún hombre también es un estereotipo de género; ¿por qué no podría aplicar a depender de una mujer?. Las tareas de limpieza se hacían por pura higiene, no por el hecho de ser mujeres. Hasta ahí, todo suena 'bien'.
Me ha tocado ver que si uno de ellos se mete en un problema o comete un error, la reacción automática suele ser defenderlo, victimizarlo y terminar echándole la culpa a la otra mujer involucrada. Ahí es donde aparece esa doble moral tan hiriente: mientras que a los hombres se les aplaude o se les festeja el andar de "mujeriegos", a una mujer que hace lo mismo se le juzga durísimo, diciendo que "no sabe estar sola" o cosas peores. Al final, resulta que incluso en los entornos más libres se siguen protegiendo de forma automática los privilegios masculinos.
Simone de Beauvoir tenía una frase famosísima que dice que una no nace mujer, sino que se hace. Y vaya que lo viví en carne propia con algo tan cotidiano como la ropa. A mi hermana, por ejemplo, nunca se le cuestionó nada porque ella siempre vistió de forma muy femenina. En cambio, a mí me llovieron dudas, sospechas y preguntas incómodas durante años solo porque me gustaba vestirme cómoda, con pantalón y blusas normales (siempre usando las blusas con los logos de mis bandas/personajes favoritas).
Para mi familia, mi forma de vestir no era solo comodidad: era una "sospecha" de que era lesbiana. Lo más curioso es que esas dudas familiares mágicamente se calmaron (solo un poco) cuando empecé a cambiar mi estilo y a usar blusas con más escote, faldas y vestidos. Tuve que encajar en su molde visual para que me dejaran en paz, confirmando que a veces la familia te exige cumplir con un guion estético para aceptarte.
Esa supuesta mente abierta de la que a veces se habla se topa con una pared gigantesca cuando se toca el tema de la diversidad sexual, especialmente de la bisexualidad. Crecer escuchando el clásico "¿Pero entonces eres o no eres?" te demuestra que para las generaciones anteriores (al menos en mi familia) solo existen dos casillas: o eres completamente heterosexual o eres gay/lesbiana.
Los puntos medios no entran en su esquema. Para ellas, la bisexualidad no existe; es como si los estereotipos funcionaran como moldes tan rígidos que prefieren borrar lo que realmente siente una persona con tal de mantener una idea simple y dividida del mundo.
Poner bajo el microscopio tu propia historia y tu crianza no es fácil. Y ojo: hablar de esto no significa hablar mal de mi familia. Al contrario, las amo y agradezco las herramientas de independencia que me dieron; simplemente es aceptar que romper con los estereotipos que llevamos dentro es un proceso largo, contradictorio y difícil.
Crecer bajo ese constante escrutinio me costó mucho trabajo personal, pero hoy me permite pararme desde otro lugar. He aprendido que mi identidad, mis gustos y mi cuerpo no le pertenecen a la cultura ni a los prejuicios de nadie más. Hace años decidí seguir mis propias reglas, opinar lo que yo pienso y vestirme como se me da la gana simplemente porque A MÍ me gusta.
La verdadera deconstrucción empieza justo ahí: cuando dejas de buscar el sello de aprobación de los demás porque ya no te interesa cumplir expectativas ajenas, y tomas la firme decisión de actuar bajo tus propios deseos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario